Hay madrugadas en que uno se toma el café y se queda mirando para afuera, pensando en qué será de este país dentro de diez años. No es curiosidad nada más: es la pregunta que nos hace la vida misma. Más del 10% de la población cubana ha emigrado entre 2022 y 2024 —el éxodo más grande de nuestra historia reciente— y los que se quedan miran con desvelo cómo se va la juventud y cómo envejece la isla, mientras la economía no termina de arrancar. Cuba no tiene un destino escrito; tiene caminos que se eligen cada día, y lo que pase en la próxima década dependerá de las decisiones que se tomen ahora mismo.


LAS ANCLAS DEL PRESENTE

La gente se va y el país envejece

Cuba es hoy uno de los territorios más envejecidos de América Latina. Si la juventud sigue saliendo al ritmo actual, dentro de diez años apenas habrá fuerza laboral para sostener a una población mayoritaria de jubilados. Esa es quizás la crisis más honda: estamos perdiendo el motor demográfico que debe construir el mañana.

La moneda y la brecha que crece

Tras el impacto del ordenamiento monetario, la sociedad quedó fracturada en dos mundos: aquellos que reciben remesas o tienen acceso a divisas y pueden comprar en el mercado dolarizado, y quienes dependen exclusivamente de un salario estatal en pesos cubanos que la inflación ha pulverizado. Esta separación económica ha partido el tejido social por la mitad.

Lo que frena por dentro y por fuera

El bloqueo estadounidense sigue pesando con fuerza en las finanzas del país, pero las trabas internas también pasan factura. Aunque el sector privado ha demostrado su capacidad para crear tiendas, servicios y empleos, lo hace bajo un ecosistema de límites, altos impuestos y controles cambiantes. Al talento local no se le termina de soltar las riendas del todo.


LAS GRIETAS DEL CAMBIO

En medio de la escasez, las MiPyMEs han demostrado que pueden abastecer lo que el Estado ya no alcanza a proveer. Han aportado productos, movimiento y dinamismo a las calles. Sin embargo, la gran duda es si este fenómeno representa el embrión de una economía nueva o si es solo un alivio temporal. Los emprendedores crecen hoy sin una seguridad jurídica clara, expuestos a que mañana cambien las reglas del juego. Si se les da un espacio real de desarrollo, pueden ser un motor; si se les mantiene con el freno de mano puesto, el impulso morirá en el camino.

Por otro lado, los sectores tradicionales no logran levantar cabeza. El turismo no ha recuperado los niveles previos a la pandemia, cuando el país rozaba los cuatro millones de visitantes anuales. Y es que no basta con levantar hoteles nuevos si estos permanecen vacíos; hace falta garantizar electricidad, agua, transporte y servicios básicos eficientes. Sin esa infraestructura mínima, Cuba no puede competir con gigantes de la región como República Dominicana o México.

En el plano internacional, las alianzas con socios como Rusia, China y Brasil actúan como salvavidas en materia de combustible, comercio y créditos puntuales. No obstante, la pesada deuda externa cubana sigue siendo un lastre que ahuyenta las grandes inversiones. Los aliados ayudan, pero no pueden resolver los problemas estructurales de la isla.


TRES CAMINOS HACIA 2036

Camino 1: Apertura real

Se liberan definitivamente las fuerzas productivas, se simplifican las reglas del juego para la inversión y se incentiva el comercio. Al moverse la economía y generar oportunidades reales, los jóvenes vuelven a encontrar un proyecto de vida en su tierra y se frena el éxodo masivo. Es un escenario viable, pero requiere audacia política y perder el miedo al cambio.

Camino 2: Estancamiento prolongado

Se impone el temor a las reformas y se mantiene la inercia actual. La economía no arranca, la sangría migratoria continúa y el país se adentra en una vejez demográfica sin recursos para reactivarse. Es el mayor riesgo si se postergan las transformaciones profundas.

Camino 3: Apertura con control

Es el rumbo que muchos analistas consideran más probable: una transición hacia el capitalismo de Estado, emulando los modelos de Vietnam o China. Consiste en abrir la economía para que produzca y genere riqueza, pero manteniendo un estricto control político. Este camino puede traer crecimiento macroeconómico, pero también una profunda desigualdad social, donde unos pocos avanzan rápido y la mayoría se queda atrás.


CONCLUSIÓN

Nadie tiene el futuro de Cuba en la mano; no está escrito en ninguna piedra ni responde a ninguna profecía inevitable. Lo que sea de la isla en 2036 depende de lo que se decida hoy: de la voluntad de soltar amarras, de confiar en la capacidad de la gente y de arreglar, desde la raíz, lo que está roto. Y en última instancia, depende también de nosotros: de los que se quedaron sosteniendo el día a día, de los que se fueron con la patria a cuestas y de los que mantienen la ilusión de volver. El destino de Cuba no es algo que nos llega; es algo que hacemos.

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